El niño y la bruja

Por: Edgar Rivero

         El olor del café recién hecho se entremezclaba con los sueños de aquel pequeñuelo que yacía envuelto entre las cobijas dando vueltas sin sentido, se había acostado muy cansado la noche anterior por las correrías y asustado, porque su padre había encontrado una mapanare en el gallinero matándola de un certero machetazo, la noche se vestía de un negro intenso y solo la luz de una vela que sostenía su hermano podía alumbrar a su padre que con la respiración entrecortada, un corazón dando tumbos y un sudor frío, pasaba el susto. Habían salido a buscar huevos para la cena.

– ¡Cristofué! ¡Cristofué!

Antero abre los ojos impresionados y se levanta corriendo hacia la ventana que daba al cuarto y en la cima de un tamarindo logra ver al ave que lo acaba de despertar.

– ¡Cristofué! ¡Cristofué!
– ¡Anterooo! A levantarse pa’ que le lleve el desayuno a su taita y a su hermano.
– ¡ Ya me desperté ma’!
– ¡Cristofué! Cristofué!

          Antero le lanzo una mirada picara al ave que se fue a otro árbol con un suave planear a continuar con su característico canto, luego Antero salió afuera de la casa y se lavó la cara con el agua que estaba en una tapara para ahuyentar lo que le quedaba del sueño. Al regresar nuevamente a la casa de bahareque donde vivían, se colocó sus alpargatas y mientras lo hacía se acordó de aquella linda señorita del pueblo y de los zapatos que llevaba puesto y de cómo le dio pena aquel día, pero eso ya no le importaba porque estaba en su campo y a sus anchas.

– ¡Écheme la bendición maita! Arrodillándose a continuación.
– ¡Dios me lo bendiga mijo! Ahí está su desayuno.

Una arepa hecha con el maíz que fue pilado al atardecer, un rico queso, suculentas caraotas y leche fresca esperaban al niño.

– ¡Antero come rápido mijo que su taita lo espera!

         El niño desayunó como pudo, su madre le dio la comida de su padre y partió rumbo al conuco que no distaba mucho de la casa, saliendo, miraba hacia los arboles buscando al culpable que lo había despertado pero ya no estaba por esos parajes, las semillas voladoras de unos apamates cercanos le seguían por el camino. Un cucarachero y su gracioso andar lo distrajo de la misión encomendada por su madre, iba pendiente de que era lo que buscaba el ave entre las rocas, troncos viejos, huecos en la tierra, recordó lo que iba a hacer y se fue corriendo a su destino.

          Era una mañana soleada de finales de Septiembre, la chícura hería duramente la tierra y la escardilla le habría surcos sin ninguna piedad aparente, allí estaban su padre y hermano trabajándola duramente, sembrando yuca, ñame y ocumo para luego venderlos en el pueblo los fines de semana, para que la clientela que ya tenían pudiera hacer el suculento sancocho que a leña se cocinaba. La alegría se abrió paso entre ambos al verlo llegar.

– ¡ición taita!
– ¡Dios me lo bendiga mijo! ¿Durmió bien?
– Si taita.
– ¡Barriga llena corazón contento! ¡A desayuna’ pue’!

         Se sentaron para disfrutar el suculento desayuno. Mientras Antero se distraía con unas mariposas amarillas que aleteaban fuertemente produciendo un ruido que a él le llamaba la atención y con algunas lagartijas que corrían al verlo. Cuando de repente se escuchó un ruido como un fuerte rugido pero lo extraño es, que parecía venir del cielo, todos quedaron estáticos, el rugido no cesaba, se escuchaba más fuerte y más extraño.

– ¡Parece una tigra recién paria!

Observaron a varios lados y no vieron nada y al divisar el firmamento pudieron ver lo que se acercaba.

-¡Una bruja!,  Dijo el hermano de Antero

– ¿En la mañana? Eso es el diablo que viene a destruí e’ la tierra. Dijo el padre.

         Y todos se persignaron y a su vez emprendieron la huida serranía arriba, no eran los únicos, todos en el campo dejaron sus labores asustados como estaban, se arrodillaban, pedían perdón, gritaban, lloraban, corrían como locos al ver esa extraña ave que sobrevolaba los caseríos con extraño ruido. Algunos se ocultaban, otros corrieron hacia el pueblo.

– ¡Corran carricitos, que ese diablo no nos va alcanza’!

          Antero se detenía a ratos para ver a la “bruja” con alas extrañas que rugía como tigre, su padre lo jalaba de la mano pero él se volvía a detener y la vio irse entre las montañas como si fuera hacia San Juan de los Morros, su padre lo tuvo que cargar porque se detenía mucho y esa cosa podía volver y llevárselo, llegaron a la casa muertos de miedo y se arrodillaron a rezar. Muchos habían visto esa “extraña cosa” y daban muy malos presagios, decían que eso tenía mucho que ver con el cometa Halley que había pasado hace dos años atrás, en 1.910 y con un eminente fin del mundo.

          Era el tema de conversación al día siguiente, fue de boca en boca y de pueblo en pueblo, las iglesias se llenaron de feligreses que arrepentidos iban a confesar sus pecados, así fue el impacto de esa extraña aparición. Meses después llegaron las noticias de Caracas sobre el primer vuelo en avión que se hizo en la capital el 26 de Septiembre de 1.912 en presencia del General Gómez (presidente de la nación) y sus ministros. El piloto norteamericano Frank Boland que promovía estos novedosos aparatos, se encargó de la exhibición de la aeronave, con el éxito que tuvo con dicha exhibición aérea fue contratado para hacer vuelos en Valencia, Maracaibo y Ciudad Bolívar.

Primer Vuelo de un aeroplano sobre Caracas en 1911, foto de Jesús María Chirinos, tomada de “El Cojo Ilustrado” Nº 476, del 15 de Octubre de 1911.

          Boland quiso volar de Caracas a Valencia por Los Teques, “pero la ruta mostraba ciertos peligros si se presentaba la necesidad de un aterrizaje de emergencia”, así que hizo el vuelo por la ruta de los Valles del Tuy, “pasando por Cúa para seguir la ruta de San Casimiro, San Juan y llegar a Valencia”. Esto sucedió una mañana del 29 de Septiembre de 1912, sorprendiendo así a los habitantes de la región que nunca habían visto semejante aparato.

          Antero escuchaba atentamente a su padre que había recopilado las noticias y luego se reían del tremendo susto que habían pasado todo ese día, Antero daba vueltas como si de un avión se tratase y rugía como un tigre y todos admirados se reían del pequeñuelo.

– ¡Cristofue! ¡Cristofue!

          Se detuvo en el acto el niño, y salió corriendo al corral de la casa a buscar al pajarraco, así volvió la normalidad a aquellas tierras de trabajadores humildes, hombres de barro cargados de honestidad y nobleza. Con el tiempo “surgió la leyenda de un demonio que volaba haciendo un espantoso ruido.”

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