DOSSIER 7.4: Mauricio

Por: Isaac Morales Fernández

(Basado en un cuento popular tuyero)

      El niño abraza a su madre, pero es un abrazo extraño. La temperatura del niño es extraña, es un poco fría. La madre llora con confusión, pasa la mano por su rostro con énfasis, le pregunta dónde ha estado. Lo ve pálido. Su mirada tiene algo.

    Cada vez que su madre lo enviaba a buscar agua en el río, él sentía unas ganas tremendas de entrar en la cueva. La entrada tiene la forma de una hermosa mujer con un largo vestido negro. Atrás quedó el pueblo y su algarabía inentendible. Mauricio siempre se ha sentido incómodo entre el gentío, por ello adentrarse en el monte ha sido desde muy pequeño su mayor divertimento, y siempre tuvo deseos de entrar en la cueva. Sube el peñasco con dificultad pero con firmeza. Finalmente está en la entrada. Escucha los ruidos que hacen los murciélagos mientras duermen.

      La madre introduce al niño rápidamente en la casa. MImagen de Mauricioauricio le dice que estaba estudiando. La madre lo acusa de mentiroso mientras atraviesan la puerta. Una vez en el cuarto del jovencito, su madre empieza a quitarle las ropas sucias de pantano y polvo. En los pantalones tiene múltiples cadillos que le quedaron adheridos a la ropa desde hace tres días ya. ¿Por qué cada vez que te mando a buscar agua te metes para el monte? ¿Cuántas veces tengo que decirte que no lo hagas?

      El hombre está demasiado mal vestido y harapiento como para no llamar la atención de los policías, quienes en seguida le ordenan colocar las manos contra la pared y lo revisan. El hombre accede dócil y sin decir palabra. No carga ningún tipo de documento que lo identifique, y eso, sumado a que lleva un puñal tallado en madera y amarrado con bejuco a una vaina que lleva metida en el desteñido pantalón, hace que lo metan a la camioneta de inmediato. Sabe que ha caído en una redada por primera vez en su vida, justo como lo había planeado.

      La cueva es oscura, pero la luz matutina le da de frente a la entrada, así que se ilumina un poco el interior hasta varios metros. El piso es resbaladizo y bastante atropellado, a veces parece hundirse. Los murciélagos se inquietan ante la pequeña presencia. Algún animal rastrero o dos pasan rápidamente huyendo de los pequeños pies. O tal vez acercándose. Un murmullo circunda. Todo hace eco en la caverna. Todo parece una voz, una columna de aire, una corriente subterránea de agua, un cuchicheo de roedores, unos pasos tal vez los de él mismo. Todo reverbera.

      La madre baña al niño y le sigue preguntando dónde estaba. Por la explicación, su madre entiende: la cueva de El Peñón. Allá no se debe ir. ¿Por qué? No se debe ir. Punto. No vuelvas a ir para allá. Es peligroso. Hay muchos cuentos. Es más, tienes terminantemente prohibido irte a jugar para el monte otra vez. Buscaré yo misma el agua, ni modo. La madre le habla pausadamente; no lo regaña, le suplica. Sin embargo, Mauricio también suplica que no le hablen tan duro.

     El hedor de la cueva es por el guano, el estiércol de esos ratones alados. Mauricio lo entiende sobre todo al tropezar y caer, caída amortiguada por las manos al final de los brazos rectos y resistentes. Siempre ha sido un niño fuerte. Y siempre la curiosidad, la curiosidad. Mauricio se incorpora, y sigue avanzando mientras restriega sus manos del pantalón.

      A medida que entra, hay menos luz. Parte del murmullo es una corriente de agua subterránea en medio de un túnel de mármol gris veteado.

     Es encerrado junto a otros dos hombres sospechosos que fueron capturados juntos a una cuadra de donde lo agarraron a él, por el sector El Chaparral. Los dos tipos, comunicándose sólo con gestos (el hombre está de espaldas a ellos viendo por la ventanilla hacia las montañas) planifican acciones en su contra que comenzarán con un simple interrogatorio intimidante para ganarse el respeto de ese desconocido con cara de loco. No son los únicos que planifican interrogarlo por motivos parecidos: el director de la policía distrital y dos oficiales serán quienes intentarán interrogarlo.

      La madre sirve el desayuno a su hijo luego de su primera noche con él de vuelta. Mauricio, más que extrañar la arepa con mantequilla y queso rallado con el vaso de jugo de naranja, extraña el murmullo de los murciélagos que conversan con el agua subterránea, los pasos. Y quiere conocer la voz de mujer. A la madre le angustia darse cuenta de que su hijo no es el mismo, su conducta alegre y revoltosa se ha tornado meditativa y contemplativa. La madre decide llevarlo a un doctor. Termina de comer y vístete que vamos al doctor. ¿Para qué, mamá? Ya tengo doce años, no necesito vacunas. Además, no me da tiempo. Su madre lo ve extrañada. ¿Cómo que no te da tiempo? ¿Por qué? ¿Qué tienes que hacer?

      Los dos oficiales acuden corriendo al llamado de los reos. Quieren entregarse definitivamente y delatar todos sus crímenes. Anoche asaltaron a una señora cerca por el vivero que está bajando hacia el terminal de pasajeros y, como ella opuso resistencia, la mataron y arrojaron al río que pasa por debajo del puente a pocos metros en la misma calle. Sólo piden que los saquen de allí. Los policías advierten que el hombre desaliñado sigue viendo por la ventana desde que lo metieron allí hace ya seis horas. Los tipos sacan las manos por las rendijas para que los esposen de una vez, en señal de confianza. Los policías, sorprendidos y extrañados, esposan a los reos, abren la celda y los sacan directo al despacho del director de la policía distrital para escuchar su declaración y procesarlos.

Cascada Cola de Caballo, en la Güamita, Ocumare del Tuy, óleo de Ygnacio Guzmán Meneses.Cascada Cola de Caballo, en la Güamita, Ocumare del Tuy, óleo de Ygnacio Guzmán Meneses.

      Ya no se ve nada en la profundidad de la cueva. El piso es a veces movedizo y a veces quebradizo. Mauricio busca el origen del sonido, a la vez que intenta diferenciar un sonido de otro. Tropieza nuevamente con algo y cae, pero esta vez se ha herido el pie derecho. Siente un gran dolor pero, sabiendo que nadie lo oirá, no llora, sino que queda en silencio y respira profundo para calmarse. Está sentado sobre el guano que ya no es tan espeso como al principio de la cueva. Hay un sonido que empieza a destacarse por sobre los demás. Es rítmico y monótono, como un roce lento de tablas húmedas. Parece acercarse desde el fondo de la cueva. Los ojos de Mauricio ya están acostumbrados a la oscuridad, pero aún así no puede divisar nada hacia el sitio por donde oye el ruido. Se queda muy quieto y en silencio con el oído atento durante varios minutos. Todo hace eco en la cueva. ¿Es una serpiente?

      Tengo que volver, mamá. Para cuidar el monte… las matas y los animales… La madre lo observa atónita y furiosa. ¿Volver al monte? ¿Tú estás loco, chico? Claro que no. Te acabo de decir que tienes terminantemente prohibido irte a jugar al monte y ¿es lo primero que me dices que vas a hacer? Te dije que vamos al doctor y punto. Tienes rasguños por todo el cuerpo, un tremendo morado en un tobillo, y tienes tres días sin comer. Tú no sabes si agarraste una infección metido en ese monte, y más en esa cueva. ¿Quién sabe cuántos animales hay ahí dentro? Hazme el favor y te vistes. Yo me voy a bañar y cuando salga quiero verte vestido. Yo ya te puse la ropa que te vas a poner sobre la cama. La madre, efectivamente fue bañarse sin dejar de pensar en lo que le acababa de decir Mauricio y en su comportamiento extraño. Se bañaba rápidamente cuando oyó la voz de su hijo desde fuera. ¿Y mi papá no ha venido? Pasándose el jabón, la madre responde: tú sabes cómo es ese trabajo de tu papá. Él ni siquiera sabe todavía que estuviste perdido tres días. Pero a él le gusta es manejar su pedazo de gandola y andar pasando trabajo en un chinchorro lleno de grasa todas las noches, a expensas de que lo asalten y lo medio maten. El otro día andaba asustado porque dizque le pareció ver a la sayona o un espanto de mujer parecido por la carretera de Oriente.

      Mauricio recuerda que en el pueblo cuentan sobre una leyenda de un niño que murió hace mucho tiempo en los montes de Charallave. Era hijo de un rico hacendado del siglo XIX y había aprendido desde muy pequeño a ser amante del dinero. Sabía que su padre escondía enormes cantidades de dinero en diferentes partes de su gran hacienda, y que uno de esos lugares era en el interior de la famosa cueva de Plácida. El niño de trece años había querido apropiarse de uno de los baúles de su padre, y se metió en la cueva para no volver nunca más.

      Mucho tiempo después hallaron un cadáver de un niño en medio del monte en la orilla del río Caiza y supusieron de inmediato que se trataba del hijo del hacendado, que ya era un anciano de noventa y dos años y la noticia lo había matado de un infarto. Mauricio se siente entonces identificado con esa leyenda y repentinamente le aqueja una gran tristeza. No puede evitar llorar al saberse imposibilitado de caminar en el interior de una cueva en la que no puede ver nada. Pero no sólo es eso lo que le hace llorar. El ruido monótono está cada vez más cerca y ya puede incluso sentir su vibración original a pocos metros. ¿Son pasos?

?

Cueva del Peñón o Cueva de Mauricio en Ocumare del Tuy

      La madre salió al pequeño tiempo del baño y se asomó en el cuarto de Mauricio. La ropa no estaba, efectivamente se la había puesto. Pero los zapatos sí estaban. ¡¿Mauricio, qué zapatos te pusiste?! ¡Mauricio, te hice una pregunta! No estaba en el cuarto de ella, no estaba en la sala, no estaba en la cocina. ¡Mauricio! ¡Mauricio! En el patio trasero tampoco estaba, ni en el lavandero. Al salir a la puerta delantera encontró en la viga horizontal de la reja una moneda de plata muy vieja. La madre agarró la moneda extrañada y la vio de cerca. Tenía de fecha 1853. Abrió la reja y salió al patio delantero. Mauricio se había ido. Preguntó a algunos vecinos, pero fue en vano, nadie lo vio. La madre decidió organizar una búsqueda con algunos vecinos y con la policía. Un total de treinta y dos personas se adentraron en la espesa selva tuyera durante varios días, algunos entraron sólo pocos metros en la cueva con linternas, llamando a Mauricio, y todo fue en vano. A un mes de la búsqueda lo dieron por muerto y así siguió la vida normal en el pueblo. La madre no se resignó, así que luego de asesorarse bien, y ya contando con la ayuda de su esposo, contrataron a un especialista, el espeleólogo Simón Ugarte para que se adentrara en la cueva y lo buscara. Pero Mauricio nunca fue encontrado.

      Una antigua lámpara de kerosén iluminó la cara de Mauricio repentinamente. ¡¿Quién está ahí?! El niño se sobresaltó. La voz ronca y ajada volvió a preguntar y Mauricio se atrevió a responder con su nombre. Qué casualidad… ¿Y qué te trae por aquí? Nada, señor. Yo sólo estaba conociendo la cueva… estudiando… Nadie se interna en esta cueva a investigar… a menos que tú lo traigas. ¿Te vendrán a buscar? No sé, señor. Bueno, creo que sí. Mi mamá a lo mejor. Ya veo… Mauricio es también tu nombre, ¿no? Entonces es a ti a quien he esperado durante estos largos años… Llevo setenta y tres años aquí, muchachito, y sé que la cueva habla. Cuando el murmullo se defina, verás que tiene una hermosa voz femenina que seguramente te hablará a ti cuando yo me vaya. Por eso, ahora sé que es tu turno Mauricio. ¿Mi turno? Tu guardia, Mauricio. Yo también me extravié como tú cuando era un niño y, al igual que tú conmigo, yo me topé con un viejo en esta oscuridad, y me dijo exactamente lo que yo te estoy diciendo ahora. Pero eso sí, antes te daré la oportunidad de ir a hacer lo que yo no pude: despedirte de tu familia. El viejo en ningún momento se dejó ver la cara.

      Es tu turno. El policía abre la celda y el indocumentado sale tranquilamente. Recorre con paciencia el pasillo y es llevado hasta la sala de interrogatorios. Pero no responde a ninguna de las preguntas más básicas. Sólo ve el movimiento que hace con sus propias manos sobre la mesa, acariciando la madera. Mira, pendejo, te estamos buscando en todos los archivos fotográficos y dactilares y vamos a saber quién eres tú. El hombre por fin habla: lo único que les voy a decir es que si no me dejan salir de una vez va a comenzar a llover interminablemente en Ocumare y el pueblo se inundará hoy mismo.

      ¡Vaya, finalmente has hablado y para decir tremendo disparate! Los policías, ante la peculiar respuesta, concluyen que el hombre está loco. Que con razón andaba “armado” con un puñal de madera y vistiendo ropa andrajosa. El director da la orden de que lo lleven a la celda y reporta el caso al psicólogo del comando estadal para que venga a examinarlo. Al meterlo de nuevo en la celda, el hombre pronuncia: está lloviendo ya.

      En efecto, está lloviendo, pero para los policías es toda una gran estupidez porque desde la ventanilla de la celda se puede ver la lluvia. Allí lo dejan todo el día y la noche, mientras él decide acostarse a dormir y esperar. Al mediodía del día siguiente, lo despiertan. Aún llueve. Le dicen que puede irse, que está bien, que le creen, que toda la parte baja de Ocumare está inundada y sólo el casco del pueblo permanece a salvo por ahora.

      Él les dice que inmediatamente salga cesará el aguacero. Ya en la puerta de la comisaría, el director no resiste la tentación de hacerle una pregunta basada en puras suposiciones, y para muchos (dado lo rápido que ruedan los chismes y leyendas), en supercherías. ¿Tú eres el hijo de la señora Soto, la que mataron anoche los dos tipos que atrapamos a una cuadra de donde te atrapamos a ti, verdad? ¿Tú desapareciste hace veinticinco años y te llamas Mauricio?

       Ojalá me llamara así, hace mucho que perdí mi nombre, realmente ya no sé cómo me llamo. El hombre se fue tranquilo y a la media hora ya todas las aguas se habían calmado.

2 comentarios

Archivado bajo DOSSIER

2 Respuestas a “DOSSIER 7.4: Mauricio

  1. Ender

    Está muy bien relatado, aunque difiere un poco con la historia que conozco, saludos gracias por la iniciativa

  2. carlos jose Delgado

    Buen dia amigos de la revista matria los felicito me encanta leer todos estos cuentos porque voy entendiendo y comprendiendo la historia y la esencia existente de ese patrimonio oral inmaterial que enrriquese mas el turismo en los valles del tuy.

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