BREVE ABORDAJE A LA PRESENCIA DEL ESCLAVO NEGRO EN LA HISTORIA DE LA LITERATURA CHILENA

Por: Paulina Barrenechea Vergara.

     Según Rolando Mellafe, la participación y presencia de negros esclavos en las primeras expediciones venidas a Chile es elocuente, aunque muchas veces no se mencione. Esto ocurre en mucho porque “estaban comprendidos en las palabras pertrechos, mercaderías, etc , con que se acostumbraba resumir los diferentes elementos, esencialmente comerciables, que eran necesarios en las expediciones” (Mellafe, 1984:47). La empresa conquistadora y colonizadora requiere un equipamiento en el que la mayoría poseía esclavos negros para su servicio personal. Sin embargo, las instrucciones prohibitorias de ingreso de negros a América hechas a Nicolás de Ovando en 1501, cuyo objetivo es detener la divulgación de herejías entre los indios por parte de los primeros, hace que su llegada sea intermitente hasta que las necesidades económicas son argumentos más fuertes que cualquier otra precaución.

Ejecución de Caupolicán por el asesinato de un soldado español

     Según Luz María Martínez, en su libro Negros en América, “no hay duda de que en Chile la colonización fue para la población india una catástrofe de magnitudes genocidas a la que contribuyó el negro como parte activa del sistema de explotación, a la que estaba sometido” (1992:319). Dentro de la historia de la literatura colonial, una de las primeras narraciones del encuentro del indígena con el negro se plasma en el relato de Mariño de Lobera, en Crónica del Reino de Chile. El capítulo XXIV relata el naufragio de uno de los primeros barcos de mercaderes a Chile en el Valle de Quilimarí o, como le llamaron después, La Quebrada del Negro:

“Estaba entre aquellos españoles un negro esclavo de uno de ellos, con cuyo aspecto se espantaron mucho los bárbaros, por no haber visto jamás gesto de hombre de aquel color, y para probar si era postizo lo lavaron con agua muy caliente refregándolo con corazones de mazorcas de maíz, y haciendo otras diligencias para tornarlo blanco; pero como sobre lo negro no hay tintura, él quedó tan negro como su ventura, pues fue tal que lo trajo a manos de gente tan inhumana, que después de todo esto le dieron una muerte muy cruel”. (Lobera 1970: XXIV)

     El indígena se extraña del otro diferente e intenta extraer de él la “blancura” oculta. Se puede decir que es una de las primeras acciones que determinarían una dinámica frente a la alteridad en Chile.

     Otro suceso emblemático que da cuenta de estos primeros encuentros entre indígenas y negros está en el Libro IV, capítulo IV, de la Historia General del Reino de Chile. Flandes Indiano, de Diego de Rosales:

“Entre los asaltos que daban a los españoles y los robos que hazian, cogieron una negra de un soldado llamado Estevan de Guevara, y como no avian visto negros, causóles al principio miedo y después admiración; concurrían unos y otros a verla y a tocarla y ninguno se podia persuadir a que fuesse nativo aquel color, sino que sin duda era postizo. Y para salir de ella, la llebaron al rio y la desnudaron y no hazian sino echarla muchas bateas de agua y refregarla, y como no se le quitaba el color negro sino que antes con agua relucia mas, trajeron piedra pómez y otras cosas asperas y con grande fuerza la rasparon el pellexo, martirizándola, hasta que viendo que con ninguna diligencia se le quitaba el negro, conocieron que era natural azabache. Y para que en todas las provincias viesen una cosa tan nueva y admirable, la desollaron viva, y sacándola todo el pellejo del cuerpo y de la cara la llenaron de paxa, y la traían de unas partes en otras, y en las fiestas y borracheras la sacaban para que la gente tuviera que ver”. (1878:21)

     Lo mismo narra Alonso de Góngora Marmolejo, en el capítulo XX de su Historia de Chile, titulado “De las cosas que acaecieron en este tiempo en la ciudad Imperial y ciudad de Valdivia”:

“Cuando se alzaron los indios de la ciudad de Valdivia tomaron una mujer negra de un vecino llamado Esteban de Guevara; esta negra llevaron a la ribera de un río y la ataron de pies y manos; tendida a lo largo le echaban cántaros de agua encima y con arena le fregaban con toda el aspereza a ellos posible, creyendo que la color que tenía no era natural, sino compuesta; y desque vieron que no podían quitarle aquella color negra, la mataron, desollándola como gente tan cruel; y el pellejo lleno de paja traían por la provincia”. (De Góngora y Marmolejo 1862:57-58)

     Los relatos transcritos reiteran, pues, la dinámica del lavado y blanqueamiento del tinte negro de la piel que parece ser una especie de convención histórica, pues lo mismo se narra en diferentes partes del continente para explicar cómo es el primer encuentro entre indígenas y negros. Al respecto, hay antecedentes interesantes que ayudan a entender esta acción. Para el Renacimiento europeo los negros son considerados una especie de contradicción humana. El color negro es algo extraño, imperfecto. Según el Baltasar Fra Molinero, un ejemplo de ello se encuentra en los Emblemata de Andrea Alciato, “donde aparece la figura del negro etíope al que dos hombres blancos quieren lavar: no puede cambiar de color por más que se le lave; es el símbolo de la negatividad, de lo imposible” (Fra Molinero 1995:4). En efecto, en los primeros encuentros creen, al comienzo, que los conquistadores son seres divinos, en tanto que los negros son “divinos sucios” (Alegría en Triana y Antorveza 1997:118). Ambos vienen a lo mismo y el africano, en especial el ladino, es percibido como aliado del europeo en el afán conquistador.

     Cuando la institución colonial se hace masiva y la población negra llega en calidad de esclavo, la percepción es más proclive a vincular el color de la piel con la esclavitud. Sin duda, el racismo es una de las secuelas más grandes de la trata. No es hasta que el indígena toma conciencia de que el negro es signo de bajeza y una condición minoritaria que comienza la relación asimétrica con ellos. Esta condición se manifiesta dramáticamente en el Canto XXXIV de La Araucana de Ercilla. Caupolicán, al ver que su ejecución será efectuada por un negro, da un puntapié que lo expulsa lejos:

Luego llegó el verdugo diligente,

que era un negro gelofo mal vestido,

el cual viéndole el bárbaro presente

para darle la muerte prevenido,

bien que con ánimo paciente

las afrentas demás había sufrido,

sufrir no pudo aquella, aunque postrera,

diciendo en alta voz desta manera.

“¿Cómo? ¿Qué en cristiandad y pecho honrado

cabe cosa tan fuera de medida,

que a un hombre como yo tan señalado

le dé muerte una mano así abatida?

Basta, basta morir al más culpado,

que al fin todo se paga con la vida;

y es usar deste término conmigo

inhumana vergüenza y no castigo”.

“¿No hubiera alguna espada aquí de cuantas

contra mí se arrancaron a porfía,

que usada a nuestras míseras gargantas

cercenara de un golpe aquesta mía?

Que aunque ensaye su fuerza en mí de tantas

maneras la fortuna en este día

acabar no podrá que bruta mano

toque al gran general Caupolicano”.

Esto dicho, y alzando el pie derecho

(aunque de las cadenas impedido)

dio tal coz al verdugo, que en gran trecho

le echó rodando abajo mal herido;

reprehendido el impaciente hecho,

y él del súbito enojo reducido,

le sentaron después con poca ayuda

sobre la punta de la estaca aguda. (Ercilla 1988: 175-175)

     La Araucana, esa que “está bien y huele bien”, pasa pronto a ser la de Neruda, la raída, la de los mapuche que están y huelen mal. Porque los parajes ideales comienzan a corroerse con la violencia fundadora que se intenta a toda costa ocultar. Porque parte importante de esa ira fundacional la componen, en efecto, los múltiples episodios de violencia que queremos olvidar. Uno de ellos, la esclavitud del negro. Gilberto Triviños, en el artículo “El eco de las voces muertas: Epopeya, gran juego y tragedia en La Araucana de Alonso de Ercilla”, dice que, si bien, el poeta escribe para no caer en la tentación del olvido de la violencia de origen (“Quisiera aquí despacio figurallos/Y figurar las formas de los muertos”), “no agota, con todo, su significación en el descubrimiento de la escisión, de la fractura que separa abismáticamente a bárbaros y cristianos”(Triviños 2005: 4). Caupolicán en su pasión, convertido en héroe cristiano, perpetúa la dinámica europea negativizadora del otro negro.

Fuentes consultadas:

Ercilla, Alonso de. La Araucana. Santiago, Chile. Editorial Andrés Bello, 1983. 

Fra Molinero, Baltasar. La imagen de los negros en el teatro del siglo de oro español. Madrid, España, Siglo XXI Editores, 1995. 

Góngora Marmolejo, Alonso de. Historia de todas las cosas que han acaecido en el reino de Chile y de los que lo han gobernado. Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 2001. 

Gónzalez de Nájera, Alonso. Desengaño y Reparo de la Guerra del Reino de Chile. Santiago de Chile, Imprenta Ercilla, 1889. 

Martínez, Luz María. Negros en América. Madrid, MAPFRE, 1992. 

Mellafe, Rolando. La introducción de la esclavitud negra en Chile: Tráfico y Rutas. Santiago, Universidad de Chile, 1959. 

Triana y Antorveza, Humberto. Léxico Documentado para la Historia del negro en América (siglos XV-XIX). Santafé, Bogotá. Instituto Caro y Cuervo, 1997. 

Triviños, Gilberto. “El eco de las voces muertas: Epopeya, gran juego y tragedia en La Araucana de Alonso de Ercilla”. Publicado en Investigaciones al día de la página central del Proyecto Mecesup UCO 0203, Programa Doctorado Literatura Latinoamericana de la Universidad de Concepción. http://www2.udec.cl/~DOCLITER/mecesup/grupos.htm

1 comentario

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Una respuesta a “BREVE ABORDAJE A LA PRESENCIA DEL ESCLAVO NEGRO EN LA HISTORIA DE LA LITERATURA CHILENA

  1. Excelente, me gustaría participar en la Revista con un artículo. Gracias.

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